La escuela como primera frontera
Cada septiembre llegan chicas y chicos que traducen para sus padres en el médico, que cambian de idioma según quién les habla y que llevan años moviéndose entre dos calendarios de fiestas. La escuela los recibe como alumnado con necesidades. Casi nunca como alumnado con recursos.
Lo que el aula no ve
Un chico que habla darija en casa, castellano en clase y francés con sus primos tiene una agilidad que cualquier empresa pagaría. En el aula esa agilidad no puntúa. Lo que sí puntúa es la falta de vocabulario académico en la primera evaluación, y esa nota pesa durante años.
de la segunda generación llega a la universidad. Del resto de jóvenes, el 43 %.
La brecha no se explica solo por el dinero. Tiene que ver con lo que se espera de quien se apellida de cierta manera, y con lo que esa persona acaba esperando de sí misma.
«Cuando una alumna enseña a su clase cómo se escribe su nombre en árabe, aprende la clase entera.»
Tres cambios pequeños
Proponemos reconocer en el expediente las lenguas que el alumnado ya domina, formar al profesorado para leer esa diversidad como una ventaja y abrir los centros a las familias en su idioma. Ninguna de las tres medidas necesita un gran presupuesto.